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El arte de los límites

Cuando no existen los límites en la educación en casa, el pequeño aprende a hacer lo que desea y vuelve su mundo caótico. El arte de los límites.

 

Por: Claudia Rodríguez Acosta

Mucho se habla del tema de los límites y de la importancia que tienen para el desarrollo de los niños, pero ¿qué pasa cuando no los marcas? Funcionan como una frontera que permite separar, organizar y distinguir entre dos o más espacios, ayudan a contener eventos que sin ellos se desbordarían, por ejemplo, las emociones y las acciones. En ese sentido, esta frontera es de gran ayuda pues permiten mantener dentro de ciertos márgenes lo caótico. El arte de los límites.

 

¿Por qué es complicado?

Es difícil, entre otras razones, porque se confunde límite con agresión y esto a su vez se asocia con culpa y miedo. Es común que los padres se vuelvan complacientes con sus hijos pensando que de otra forma los frustrarán y les provocarán sufrimiento; sin embargo, es al revés. No frustrar, no exigir o tolerar casi todo paraliza el crecimiento, es como una manera de decirle que “no es capaz”, “no vale”, “es frágil” y en consecuencia la única alternativa viable es andar desbordado por la vida, haciendo todo lo que desea e incluso poniéndose en riesgo.

 

Ayúdale a madurar

Debido a su inmadurez, los bebés y niños muy pequeños, desean satisfacciones inmediatas. Una forma de obtener placer es descargando motrizmente: al pegar, patear, aventar objetos, con berrinches, etcétera. Estas conductas son completamente normales y poco a poco, conforme el infante madura, aprende a ser más tolerante, a hablar en vez de pegar, a pedir en vez de llorar. Todo esto surge si los adultos lo posibilitan ¿cómo?, estableciendo estructuras y límites claros que le ayuden al chiquitín a saber:

  • Qué debe hacer y qué no. Por ejemplo: “no se vale pegar, pero puedes hablar y llorar para desahogarte”.
  • Cuándo y con quién tener ciertas conductas. Por ejemplo: “puedes correr y brincar, pero a la hora de la comida debes estar sentado. Con papá juega a las luchas, pero con tu hermanito no, porque es muy pequeño y lo puedes lastimar”.
  • Qué actividades son negociables y cuáles son obligatorias. Por ejemplo: “es aceptable que te laves los dientes más tarde, pero de todos modos te los tienes que lavar, aunque no te guste”.
  • Cuál es el sentido de los límites. Por ejemplo: “sé que te enoja irte a dormir cuando quieres seguir jugando, pero tienes que descansar, para despertar temprano mañana”.
  • Existen consecuencias claras e inmediatas cuando no se respetan los límites. Las secuelas no deben ser violentas, pero sí firmes y con un efecto en el niño. Por ejemplo: “si vuelves a pegarle a tu hermanito, apagaré la tele y ya no verás tu programa favorito; para hacer lo que nos gusta en esta casa, hay que respetar las reglas”.

Reglas para padres

Es importante transmitir a los niños pequeños, que los límites son sanos y no tienen ninguna relación con la violencia. También como adultos, hay que considerar algunos aspectos generales a la hora de instaurarlos:

  • Límite no significa “hacer sufrir ni desquitarse”, tiene como propósito contener, cuidar y poner orden. Todo eso no tiene nada que ver con la violencia o con castigos. Un niño logra provocar un gran enojo en el adulto, pero no por eso merece agresiones.
  • Hay que marcar límites a tiempo. Esto es, entre más pronto mejor, no dejar que el enojo o el caos aumenten.
  • Entre más pequeño es un niño, menos capacidad tiene de controlar sus impulsos, tampoco es capaz de comprender el sentido de las consecuencias ni de razonar profundamente. Entonces, hay que establecer límites de acuerdo a su edad.
  • Distinguir lo importante de lo secundario. Como papás, es necesario reconocer en qué temas es necesario poner límites y cuando sólo es cuestión de tiempo para que el infante madure. Por ejemplo: no es de mucha ayuda pelear con un niño de dos años y medio por el control de esfínteres; tarde o temprano él solito será capaz de dominarlo.
  • Poner límites es un arte: hay que encontrar el momento, las palabras, el tono, la actitud e incluso el modo de acercamiento y forma de instaurarlos. No es lo mismo decirle a tu hijo de tres años: “Vamos a que te bañes” a decirle: “Hora del baño, a ver quién gana la regadera”.

El arte de los límites

 

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